domingo, 19 de marzo de 2017

Ni lobo ni perro: Colmillo Blanco


Uno de los principales responsables de que haya percibido cierto progreso a la hora de saber qué quiero encontrar una novela es Jack London. Pero también gracias a él he contestado diversas preguntas sobre mi misma que imaginaba que quedarían sin respuesta más tiempo. Esas respuestas a veces han sido dolorosas, causantes de intensos ataques de ira que han logrado hacerme enloquecer por unos instantes, pero también hay ocasiones en que las respuestas han resultado ser esperanzadoras, llevándome con frecuencia a desear la sencillez de una vida que, en realidad, me resulta inalcanzable. Siempre me da la sensación que las contestaciones que London emite a sus lectores sobre la vida y las experiencias referidas a ella permanecen imbuidas de una sincera tristeza que surge de la incapacidad de conocer cómo nutrir el barro seco y agrietado del que están compuestos una minoría de sus acólitos. Este sentimiento es el mismo que experimento cuando analizo con profundidad algún aspecto de mi carácter y creencias tras interpretar sus palabras, y entonces sé que es demasiado tarde para moldear algunas partes de este trozo el barro que constituyo. Continuamente, London emite en Colmillo Blanco que aquellos que son enemigos de nuestras respectivas especies deben vivir lo mejor que puedan con esta certeza, y que esto en ningún caso ha sido por elección. Tampoco existen posibilidades de evitar el trauma a aquel que percibe con mayor habilidad que el resto del reinado de los hombres de que a este mundo se viene a sobrevivir, y la mayor parte del tiempo estamos solos en la selva. También London, un antiguo «dios de carne» convertido ahora en polvo, fue un enemigo para la gente de su tiempo. Buscó al igual que todos una forma de escapar de esto hasta el fin de sus días, pero sin lugar a dudas comprobó que no existían soluciones atemporales y efectivas para cesar esta lenta destrucción avocada a la locura pero que, cuerdos o locos, terminará por arrojarnos a todos a las fauces de la muerte. Y es que London siempre acaba imponiendo en sus historias la visión materialista en la que, miserables o mártires, todos convergeremos al mismo punto. Perfectamente sabemos, o conocemos, que tenemos un final común en este espacio construido sobre el gran Tiempo, así que ¿a caso algo de lo que he dicho importa? ¿A caso creéis que voy a caer en la necedad de aceptar el bárbaro idealismo que domina nuestros días, o en el desfasado espiritualismo de los viejos tiempos? Señores, yo digo que sigamos caminando a luz de gas en la oscuridad hasta que el fermento cese de serlo.
El mundo no era todo libertad, para la vida había ciertas limitaciones y restricciones. Estas limitaciones y restricciones eran la ley. Obedecerla era evitar el dolor y buscar la felicidad […]clasificó las cosas que dolían y las cosas que no dolían. Y después de aquella clasificación evitó las cosas dolorosas, las restricciones y los frenos para disfrutar de las satisfacciones y las recompensas de la vida”Pág. 75. 
En Colmillo Blanco, el autor analiza de manera minuciosa a través de la vida de un híbrido entre lobo y perro diversos aspectos de existencia de los seres, desde el miedo y la fascinación hacia aquellas cosas desconocidas y salvajes del exterior hasta la adquisición de la consciencia de individuo junto al dominio de inclinaciones naturales y deseos primigenios que el mestizo se niega a si mismo por otro instinto más poderoso, el de la lealtad, aquella que le une a los dioses compuestos de carne, envases de gran poder y odio, llamados seres humanos.
Reconozco que ha sido una lectura muy intensa de principio a fin, pues la evolución de Colmillo como individuo y todas las certeras verdades que el autor lanza respecto a su existencia no dejan de ninguna manera indiferente, un efecto que a mi entender debe resultar más impactante en la adolescencia. Pero la historia de Colmillo Blanco en realidad se inicia mucho antes de que el mestizo exista, antes incluso de que el instinto de reproducción aparezca en un viejo lobo endurecido por la vida y una perra que ha escapado de los indios. Así, London presenta en la primera parte a los futuros padres de Colmillo cuando, famélicos, echan al traste junto con otros lobos una expedición de dos hombres en las vetustas e ignotas arboledas de Canadá. El rastro de la carne es un capítulo muy interesante a distintos criterios narrativos y, además, es el que considero más revelador de esta primera parte gracias al impresionante despliegue descriptivo con el que London hace experimentar al lector la insignificancia de los seres vivos en un entorno hostil y desconocido que cada segundo lucha por devorar la vida en movimiento porque la detesta, porque para este otro tipo de vida la nuestra es extraña, anormal e indeseable.
No es necesario realizar ningún esfuerzo para creer en tales dioses [los seres humanos]; ningún esfuerzo de voluntad puede inducir a la falta de fe. No hay forma de huir de ellos” Pág. 109.
Podemos considerar la primera parte de la novela como una especie de relato, ya que a mi criterio funcionaría muy bien de manera independiente. Luego es donde yo considero que empieza el hilo narrativo que nos ocupa, es decir, el referido al cánido. En la segunda parte es cuando London deja de centrarse en lo general para pasar a lo concreto, la disección de los sentimientos de los lobos y sus respectivas conductas destacando siempre el papel que desempeñan cono individuos en manada o la estructura que nosotros calificamos de familiar. El autor empieza a hablarnos de la consciencia, un tema apasionante que, irónicamente, me resulta interesante desde cualquier perspectiva filosófica, siempre que esté bien expuesto, obviamente. Y, en este caso, como no podía ser de otra forma en London, es desde la perspectiva materialista. Enseguida aparece en instinto de individualidad en el pequeño Colmillo, y se descarta al mismo tiempo cualquier pensamiento intangible que no esté estrechamente relacionado con lo cognoscible. En ningún momento de la novela Colmillo se pregunta quién era antes de nacer o qué será después de morir, ya que tampoco sería lógico teniendo en cuenta el casi inexistente nivel de humanismo del animal. Aprovechando al límite la naturaleza de su protagonista, London explora los distintos juicios a través de la tercera persona, opiniones irrefutables que podría emitir cualquier materialista de la época del californiano, solo que este último lo combina con su precioso estilo y maestría a la hora de analizar sensaciones y sentimientos, logrando un grado de realismo apabullante.
La vida vive de vida. Se encontraban los que devoraban y los que eran devorados. La ley era: devorar o ser devorado. Él no formulaba la ley de forma tan clara ni establecía los conceptos ni moralizaba. Ni tan siquiera pensaba en esta ley; tan sólo vivía la ley sin pensar en ella” Pág. 92.
En la tercera parte de la novela es la más trabajada, sin embargo, la que más me gustó a mi fue la cuarta, y ahora comentaré el porqué. Cuando la vida en el bosque se hace insostenible, Colmillo Blanco se integra en un poblado indio nómada en el que descubre con más profundidad algunos sentimientos que ya había conocido en sus primeros paseos buscando alimento y diversión, pero otros muchos sentimientos, sobre todo los negativos, los adquiere por primera vez entre los aborígenes. Apunta London certeramente al principio de la tercera parte que los seres humanos son lo desconocido materializado en carne y hueso. Los dioses de carne ejercen su voluntad sobre los débiles, porque la realidad es que consideramos a los animales herramientas o artilugios que podemos destrozar, pisotear y golpear cuando es necesario para seguir viviendo nosotros. Colmillo sabe perfectamente que renunciando a una parte de él y dejando que la posea su dueño indio, Castor Gris, está procurándose más posibilidades de sobrevivir que en el bosque, ya que hay más posibilidad de supervivencia entre aquellos que tienen que elegir una razón para destruir una herramienta que en la selva boscosa, a la cual no le importa que la vida en movimiento muera, de hecho lo desea, porque al devorarla perpetua su ciclo de la vida.
A. Ayerbe

El mundo se muestra cruel, feroz y mortal para Colmillo Blanco, no se puede cambiar aquello que ha nacido para para destripar, comer y seguir corriendo. Es la ley natural de los seres vivos, así que Colmillo acepta esta certeza sin saberlo, y se une a la matanza porque no hay elección; lo único que puede hacer es ser el mejor según lo que el medio le ofrece. Finalmente, Colmillo Blanco se convierte en el perro más fuerte e inteligente de todo el asentamiento, eliminando de forma gradual todas sus debilidades. Al final de la tercera parte es un perro violento, solitario y hosco que se mueve por pura inercia de vivir; no conoce el amor, e incluso la paz es un concepto ajeno para él. La lealtad solo permanece dentro de él porque con ella puede acceder al calor de una buena hoguera, grandes dosis de carne y la venganza satisfecha al llevar ocasionalmente un derramamiento de sangre de sus viejos enemigos de la infancia.
Para las criaturas simples, el bien y el mal es algo que puede ser entendido con facilidad. El bien se encuentra en las cosas que reportan comodidad, satisfacción y la superación del dolor. Por tanto, a todo el mundo le gusta el bien. El mal se encuentra entre las cosas que están ellas de dificultades, amenazas y dolor, y es repudiado en consecuencia” Pág. 167.
Así llegamos a la cuarta parte, en la que se produce un cambio en el origen del poder al que le debe lealtad Colmillo Blanco. Es en estas páginas cuando vemos la humanidad más corrompida, donde con mayor facilidad comprobamos que el ser humano utiliza todo lo que está vivo y puede matar para sus innobles beneficios, que ahora van más allá de la supervivencia. London hace una tremenda crítica al maltrato animal desde una perspectiva novedosa y rompedora para la época. Lo más parecido a lo que London realiza en la cuarta parte es la novela Belleza Negra de Anna Sewell, donde la autora realiza una gran labor de concienciación hacia los pésimos cuidados que procuramos a nuestros animales. Pero Sewell escribe su novela intentando cambiar el pensamiento general en un tono amable y sencillo, London nos ataca con brutalidad de Colmillo en las peleas ilegales y sin pelos en la lengua, nos llama de todo a los seres humanos mediante el personaje de Guapo Smith, y luego hace su crítica airada. Intenso, auténtico y único; ese es el maldito Jack London y sus magníficas historias.
Geoff Taylor

Con la culminación de la brutalidad entra en la historia el buenazo de Weedon Scott, y con él esta adopta un cariz más amable y tierno, y es por otras cuestiones que la quinta parte se convierte en mis páginas predilectas. Como con El lobo de mar, me pasa que siento que las cosas podrían haber desembocado en un punto más dramático, pero London prefiere mantener un dramatismo medio hasta el final a riesgo de excederse demasiado. Esto no me parece mal, de hecho para mi es preferible que quede así a romper todo el drama con un exceso del mismo, y es digno de admirar cómo Colmillo Blanco mantiene siempre una regularidad en la intensidad dramática. En la última parte se produce una deconstrucción, aunque London no cae en la absurda idea de que el barro puede volver a moldearse con la misma facilidad cuando ha pasado tanto tiempo seco. Esa idea la mantiene presente hasta el final, y me pareció el broche perfecto para cerrar una vida tan inolvidable como la del mestizo.
Para mi Colmillo Blanco es una novela que habla de aquellas cosas que nos causan incertidumbre a los seres humanos, y de aquellas que a los jóvenes nos trae especialmente de cabeza. Algunos no sabemos qué nombre poner a estos extraños pensamientos, pero están ahí, retándonos, y alguna a vez han sido la causa de más de una noche en vela. Por eso animo a profesores y padres a que hagan el favor de que sus hijos lean esta novela para que las preguntas que se formulen nuestras próximas generaciones no queden sin respuesta. ¡No veo el momento de recomendarle a mis futuros hijos que lean a Jack London! Cada tema de Colmillo Blanco sigue siendo de interés actual, y con más de cien años a sus espaldas no ha envejecido ni un pelo.
Y durante todo aquel tiempo, la loba permaneció sentada sobre sus ancas sonriendo. La batalla la alegraba de alguna extraña forma, ya que aquello era el amor en lo salvaje, la tragedia del sexo del mundo natural que era tan sólo tragedia para aquellos que morían. Para los que sobrevivían no era una tragedia, sino un logro y un éxito” Pág. 52.
Si sois los que como yo no teníais pensado leerla jamás, os prometo encontraréis una historia de la que podréis sacar grandes enseñanzas para afrontar el día a día con más sencillez y humidad, y que, cuanto menos, os hará reflexionar. Aquello que siempre deberíamos buscar en la literatura.
Nos vemos 💜.
portada: foto del maravilloso félix rodríguez de la fuente y un lobo

domingo, 12 de marzo de 2017

Dos novelas de Jules Verne y mi opinión impopular


De todos los escritores de novela científica que me impuse este año, Jules Verne era seguramente el que más ansiaba leer por ser el único que no había tenido la ocasión probar aún. Podría deciros que había puesto grandes expectativas en el autor francés, pero os aseguro que estaría mintiendo. De las novelas que seleccioné esperaba historias sin ningún tipo de pretensión literaria más allá de entretener; en resumidas cuentas imaginaba que serían narraciones donde una sencilla comunión entre la ciencia y la literatura daría como resultado una serie de historias imbuidas por una humilde pasión hacia los temas abordados, cimentada en una cristalina finalidad de hacer llegar  la ciencia de una manera diferente hasta la fecha a los lectores menos avezados.
Recordemos que durante el siglo XIX adquirir conocimientos sobre diversos campos científicos no estaba al alcance de cualquiera, ni siquiera de la gente que tenía amplios fondos monetarios. Esta especie de “secularización” de la ciencia cerca de finales del siglo XIX brindó el derecho y la oportunidad a las gentes más humildes, entre los que había muchos autodidactas entusiastas, a adquirir amplios conocimientos sobre diferentes temas científicos gracias a insignes divulgadores como Camille Flammarion (Popular Astronomy;1880) o las maravillosas y olvidadas, además de anteriores a Flammarion, Jane Marcet (Conversartions of Chemistry) o Mary Somerville (The Mechanisms of the Heavens), entre otros y, por supuesto, otras. No puedo quitarle el merito a Verne de acercar la ciencia a los jóvenes y no tan jóvenes mediante un abanico de aventuras desternillantes durante gran parte del segundo cincuenteno, pero puedo decir sin temor a equivocarme que Verne ha quedado a mi juicio profundamente desfasado. Es un escritor que no recomendaría leer, excepto a aquel que quiera revisitar sus lecturas de la infancia, y menos aún a una persona que esté empezando con lecturas de índole más compleja.
Si me conocéis un poco sabréis que para que yo emita tales juicios sobre un clásico tan afamado como lo es Verne debo de haber perdido bastante la paciencia. Aunque no lo parezca me disgusta estar enfadada, y más cuando leo. Prefiero disfrutar y obsesionarme con una novela y su autor o autora que vilipendiar al pobre diablo. ¿A caso  la literatura no es una herramienta que empleamos para liberarnos de los demonios y miserables que la realidad nos vomita  encima cada día? La literatura no va a convertirse para en otro demonio con el que deba cargar hasta el Calvario, por eso ejerzo mi voluntad y plasmo mi criterio y opiniones respecto ella y sus autores como quiero, pero ante todo con criterio.
Sabéis que casi siempre defiendo a los clásicos, ellos me han dado todo en lo que me he convertido, y siempre romperé una lanza por aquellos que han rozado o alcanzado la universalidad, pero hoy no voy a defender a Julio Verne. Con dos novelas leídas de él he podido cerciorarme ampliamente de que ni siquiera tenía en mente atrapar un poco de esa universalidad, y a mi juicio eso lo convierte en un mal autor. Hubieron cientos de mujeres y hombres en la época de Verne que atraparon la universalidad, ¿por qué a algunos de ellos les hemos dejado morir mientras que a él no? Es un enigma, pero la humanidad ya tiene preparada una respuesta con la que silenciarme.

Así que dejemos los preliminares y pasemos a comentar Viaje al centro de la Tierra y La vuelta al mundo en ochenta días.
La narración de Viaje al centro de la Tierra se inicia desde Hamburgo, donde el profesor Lindenbrock ha descubierto un extraño en cuarto cuya autoría es de un irlandés llamado Turleson. Convenientemente se desliza un papel fuera del libro con unos extraños símbolos caligráficos relacionados con el núcleo terrestre. Y el profesor, un hombre que de ninguna manera podríamos calificar de científico materialista, se lanza a la aventura llevando con él a su sobrino hacia Islandia, donde supuestamente se halla una de esas entradas directas al núcleo terrestre.
Hay tantas cosas mal en esta historia que no sé ni por donde cogerla para ir desmenuzando poco a poco todos los aspectos que me han molestado. La novela, efectivamente escrita en 1864, más que un viaje al centro de la Tierra es el descenso hacia la inanición y el sopor eterno. Desde el principio estamos ante una trama bastante inverosímil, que aumenta a cada segundo, haciendo que el lector se salgacon más frecuencia de lo esperado de la narración. Las razones que llevan a estos dos personajes principales acompañados de un guía mudo al centro de la tierra son de risa, pero eso todavía es pasable si consideramos la novela un pastiche de la época no muy elaborado. El problema es cuando, aparte de que son razones pobres, tenemos a unos personajes más falsos que los decorados de la serie original de Star Trek. Y si eso ya era digno de duros vilipendios teniendo en cuenta dónde situan a Verne en la literatura de anticipación, le sumamos un narrador que dificulta aún más la labor de empatía. Axel lo único interesante que aporta a la trama es recordarnos una y otra vez de manera pueril la necesidad de estar en Hamburgo con su prometida, sacando al lector de una ambientación solidamente construida, que es lo mejor de la novela. Los convenientes y para nada forzados cambios de carácter de Axel me despertaron más de una vez alguna que otra risa sardónica con la que he intentado aplacar como bien he podido esta irremediable necesidad de ponerme a llorar ante semejante producto con penosas aspiraciones literarias de ser una novela. El otro protagonista, el profesor Linderbrock, más que científico parece un señor en plena crisis de los cincuenta, el nivel de estrés que provoca al lector es inaudito y, como no, es de cartón-pluma como su sobrino "El Quejón". También hay otro personaje, el guía, que les salva la vida de estos mentecatos en diversas ocasiones, y que irónicamente resulta el más interesante de todos. Sin embargo, es en Hans en donde Verne deja entrever su snobismo, e incluso podríamos hablar de palabras mayores, es decir, racismo.
A mi si los personajes quedan planos o no están adecuadamente construidos, o peor aún, se califican a si mismos de buenos o malos, aunque entre en conflicto con mi pensamiento, puedo acomodarme a las exigencias del autor ya que ante todo es su historia. Eso sí, yo siempre tendré el derecho a decidir a qué doy más relevancia a la hora de comentar. Por eso si Viaje al centro de la Tierra no me ha gustado no ha sido por estos personajes condenados al olvido en unas pocas semanas, sino porque la historia en si es mala de verdad.
Pensaréis que he desatado mi visión materialista influida por las visitas oníricas de Lobo Larsen, y que le he sacado el rizo al rizo, pero es que yo no le estoy pidiendo a Jules Verne ni tan siquiera un producto que se ajuste a los parámetros racionalistas de su época. Y sino vamos a comparar Viaje al centro de la Tierra con la novela pulp The Moon Pool de Abraham Merritt, ya que ambas están sentadas sobre el mismo argumento. La diferencia entre que The Moon Pool sea un producto óptimo y esta novela no recae en el hecho de que Merritt despierta el sense of wonder, mientras que Verne se lo pasa por la tela del globo aerostático. Y me diréis que es porque en 1864 y tales cosas ni siquiera se habían buscado, pero os recuerdo que Mary Shelley ya lo había logrado en repetidas ocasiones, y de manera certera por cierto. El sense of wonder para mi no depende de aquello que intentes colar como creíble, lo que a mi me resulta crucial es la manera en la que el autor despliega sensaciones, fenómenos y sentimientos en un nivel ascendente de complejidad en torno a un elemento ficticio, el cual un buen escritor debe transformar en una serendipia maravillosa para el lector en el menor número de escenas posible. Mary Shelley lo logró, Edgar Allan Poe lo logró, H. G. Wells lo logró... Nadie con un mínimo de cultura a la edad madura puede creer que la tierra esté hueca ni en 1864, ni en 1917 y mucho menos en 2017, ¿cómo Merritt puede conseguir que me lo crea y Verne no? Pues básicamente porque Merritt quería contar una historia utilizando el sense of wonder sin saberlo, y Verne, imagino, solo quiso narrar una sucesión de escenas con una base pseudocientífica. En Merritt hay universalidad en los sentimientos que expresan sus personajes frente a conflictos diversos, en Verne ni siquiera perdura un ligero entusiasmo por ese primer paso de soñar con lo imposible.
Estas duras afirmaciones no las hubiese emitido leyendo solo una novela de él, ya que podría haber sido un ejercicio desafortunado, por lo que entonces fui a por una segunda novela, aquella de Verne que todos aseguran que gusta, incluso a los menos entusiastas del autor. Además, como La vuelta al mundo en ochenta días está narrada en tercera persona y no tenemos a un paleto rompiendo atmósferas me predispuso positivamente a leerla.
Pues bien, planté lectura en poco más de la mitad porque no soportaba ni un minuto más la narración del caballero. La diferencia entre Viaje al centro de la Tierra y La vuelta al mundo en ochenta días es que en esta última no hay carácter científico, la aventura es la que domina la narración, y no sé deciros que es peor. Ilusa de mi pensé que al ser así los personajes estarían mejor confeccionados y que la línea narrativa sería más interesante. ¿Qué autor en su sano juicio crea un personaje plano a propósito? Pues Jules Verne. ¿Cómo un personaje puede ser artificial? Pues no lo sé, no me había topado con un personaje tan malo desde que abandoné cierto tipo de literatura juvenil, y sólo con recordar a Phileas Fogg desayunando se me pone el vello como escarpias.

Creo que ni siquiera hace falta mencionar de que va la historia a estar alturas del cotarro dado que el título resume muy bien este ejercicio de escritura, y además la historia está muy enraizada en la cultura. Eso sí, aventuras las que te diga el tío del globo aerostático. Podemos resumir la novela en un viaje alrededor del mundo en el que cuando sucede algo supuestamente interesante lo único que quieres es leer en diagonal a ver si así acabas de una vez por todas la novela. Una pésima novela de aventuras con personajes acordes a un ejercicio tan inmemorial como este.
Y como sé que no mucha gente va a estar de acuerdo con mi opinión sobre estas novelas del autor recuerdo que esta es sólo mi opinión. Creo que al señor Verne no le he faltado al respeto, tan solo he expuesto lo que creo y lo que he sentido en base a lo que he leído. He leído dos novelas que no puedo considerar más que fallidos intentos de escribir sobre aventuras en espacios no hollados por la literatura por aquellos tiempos. Vuelvo a repetir que aprecio y le doy las gracias a Jules Verne por a allanar un poco más el camino a los jóvenes victorianos para descubrir la ciencia y amarla, pero ahora, señor Verne, es hora de retirarse de la vanguardia. Leeré 20.000 leguas de viaje submarino cuando olvide un poco el amargo sabor de estas novelas...y será la última vez que tenga contacto alguno con el autor.

domingo, 5 de marzo de 2017

Focas y filosofía: El lobo de mar


Y yo me preguntaba unos años atrás al reparar en la existencia de Jack London cómo sus obras habían llegado a mi tan tardíamente. Tal vez la causa de que en un primer momento no le tuviese en cuenta residía en el hecho de que estaba inmersa en literatura de corte más fantástico, esas ensoñaciones y elucubraciones que son parte de todo cuanto yo soy. Así creo que acabé relegando a Jack London a un segundo plano hasta hace apenas una semana, cuando un día sin saber porqué mi imaginación despertó rogando leer a London con ansia. ¡Qué clase de fuerzas habitan en las extrañas regiones del subconsciente, que nos empujan a revivir las pasiones que creímos haber aniquilado!
A decir verdad, la principal válvula de escape de la melancolía ancestral ha sido la religión en sus formas más atormentadas. Pero el consuelo de semejante religión le ha sido negado a Lobo Larsen. Su materialismo brutal no puede admitirlo. Cuando la melancolía se apodera de él no le queda más salida que la maldad. Si no fuese un hombre tan odioso, le tendría lástima […]. Era una criatura atávica, un hombre tan genuinamente primitivo como los que vinieron al mundo antes de desarrollarse la conciencia moral. No era inmoral; simplemente carecía de moral” Pág. 81. 
No sé si habéis reflexionado sobre ello alguna vez, pero percibo a Jack London como uno de los mayores conocedores de la vida en su forma más primitiva, con el poder de plasmar en el papel esa mística relación establecida en muy pocas ocasiones entre el ser humano, tras adquirir cierto grado de consciencia, y la naturaleza. A mis ojos, London es la persona más indicada para relatar los contactos más íntimos que una persona es capaz establecer con el mundo primigenio en la modernidad, y seguramente continué describiendo sus experiencias a los jóvenes onironautas en sus sueños.
Y es cuando, cautivos en el Ghost y surcando las aguas del Pacífico, London nos lleva a revisitar de forma minuciosa los senderos trazados en esa extraña materia que supuestamente separa a los seres humanos del resto del resto de la Creación, es decir, la mente; el cogito. Revisamos gracias a Humphrey van Weyden todas las pasiones e inquietudes de los hombres y mujeres de principios del siglo XX desde un punto de vista idealista y materialista, porque la historia de El lobo de mar nos la cuenta un naufrago que resulta ser un acomodado crítico literario rescatado de las fauces del océano que se mete en un lio aún mayor. Humphrey van Weyden pasa a ser un cautivo, y más tarde grumete por obligación, en un barco que caza de focas ilegal. Nadie, es especial su capitán, le tratará como un caballero de posición elevada, sino como lo que realmente es: un hombre que no sabe sostenerse con sus dos piernas.
Pues los vivos saben que han de morir, mas los muertos nada saben, ni esperan recompensa, y su memoria ha quedado sepultada en el olvido” Pág. 87.
En El lobo de mar hay un apasionado conflicto entre el bien y el mal, pero lo mejor es que este va mucho más allá de la zona de confort del lector actual. Sabéis de sobra que el mal y el bien han sido descritos de mil formas distintas en la literatura, sólo en la ficción han llovido duros vilipendios hacia las acciones llevadas a cabo por la maldad, y si no mirad el odio generalizado hacia los maravillosos personajes de Cumbres Borrascosas; las acciones del otro tipo, llevadas por el bien, se han glorificado aunque seguramente la mitad hayan sido ejecutadas con la usual e hipócrita filantropía moderna. Y todos permanecemos felices con esta simplificada dicotomía que creemos que rige el universo. Patético.
Todo cuanto las clases sociales mejor posicionadas creemos pensar por nuestra supuesta cualidad de individuos únicos e irrepetibles ha pasado antes por un colador, y al final tan solo nos son implantados aquellos juicios que ha pasado la prueba de fuego, el colador, una medicación placentera contra la realidad que nos suministramos mediante la adquisición de bienes materiales y las distracciones oportunas. El concepto eternidad nos hace guardar la esperanza de que nuestro cuerpo es el envase de un alma que trascenderá esta ciénaga infesta para arribar a un lugar en donde todo es inmutable y eterno. Pensar este tipo de cosas sin una base material lógica está bien, cualquier ser humano con dos dedos de frente debe creer en que hay algo que trasciende los límites de la vida, incluso si este concepto o cosa son prácticamente desconocidos para él. Hay ilusos que creen que el amor es eterno tanto en espacio como en el tiempo, y otros que el universo es infinito. 
Pero si no crees en la eternidad, si la mención del alma te provoca ganas de reír y niegas lo inmutable y eterno, entonces eres tildado de pesimista, y tu opinión no se debe ser considerada. Los idealistas liberan su mugre mientras se burlan de aquellos que dicen que todas esas ideas de las que partimos para emitir nuestros juicios son falaces verdades. No es difícil llegar a la conclusión de que los seres humanos siempre preferiremos no saber qué somos en este enorme y complejo mecanismo universal porque resulta más cómodo abismarnos en infructuosas fantasías y en distracciones banales. Así podremos seguir durmiendo por las noches y por el día continuar la perduración de esta decadencia en la que nos arrastramos como cadáveres en descomposición al servicio de unos cuantos titiriteros.
La tierra está colmada de brutalidad como el mar de movimiento. Algunos hombres no soportan más aquello que esto” Pág. 59. 
Pero lo que pretendo decir mediante esta pobre exposición sobre la confrontación que se produce entre las doctrinas filosóficas idealista y materialista en El lobo de mar es que socialmente el materialista siempre va a salir perdiendo, y será considerado un pesimista cuya visión está ligada a la subjetividad de sus trágicas experiencias, ¡nada más lejos de la realidad! Aunque le duela a este mundo plagado de idealistas (sin conciencia de que lo son, como yo hasta ahora) en un constante statu quo, toda la ciencia es indudablemente materialista. No se apoya en munditos de ideas o creencias religiosas o falsos ateísmos, sino que empieza a construir con humildad desde la nada. El materialista siempre está dispuesto a partir desde cero, se muestra lejano del sentimentalismo ligado a las creencias previas, preparado en cualquier ocasión para tirar abajo el viejo edificio y construir uno nuevo si así puede conocer mejor la materia que envuelve a los seres humanos. En resumidas cuentas, los materialistas son los seres más cercanos a mi concepto de libertad, y creo que sólo hay dos formas de lograr ser un materialista: la primera es alejándose los aspectos idealistas que nos rodean, harto complejo porque ya os digo que vivimos en un mar de mentiras, y la segunda es de la manera en la que lo hace Lobo Larsen.
Fíjate en esa palabra. "Lobo"; un lobo, eso es lo que es. No es que tenga un corazón de piedra como tantos otros, es que no tiene corazón. Un lobo, exactamente un lobo, eso es lo que es” Pág. 52. 
Os digo en serio que no busqué encontrar en El lobo de mar algún conflicto filosófico de tal calibre, porque ninguna reseña española sobre la novela mentaban directamente este aspecto. Fue toda una sorpresa encontrar en Jack London un ingenioso escritor y pensador capaz de procurar al lector deliciosas conversaciones sobre el alma, cómo imponemos la voluntad de poder sobre otros de nuestros congéneres, la responsabilidad de nuestras acciones y de qué maneras las sobrellevamos, y, como no, un gran discurso sobre la inmortalidad que viene a relación con el tema de la dichosa alma.
Cada personaje principal porta el estandarte de doctrina filosófica pertinente, siendo Humphrey van Wayden el representante de idealismo junto con Maud Brewster, la novelista que aparecerá unos capítulos más adelante y principal eje del conflicto pseudoromántico. Lobo Larsen, el protagonista, rápidamente es adscrito a la doctrina materialista. Es entonces cuando todo este tinglado comienza a ponerse interesante. Podría haber sido un libro decente de aventuras sin la parte filosófica, pero todo lo que London expone en esta novela ha provocado que se inicie dentro de mi un gran giro en mi pensamiento.
Si bien es cierto que estoy leyendo un libro sobre la historia de las filosofías materialistas bastante asequible para otro proyecto, London acerca la filosofía a todos sus lectores de tal forma que un adolescente es más capaz de entender qué narices es el idealismo, materialismo e incluso nihilismo a través de El lobo de mar que de su libro de texto de segundo de bachillerato que sólo merece arder en la hoguera.
 “Aunque tenía una constitución maciza, de anchos hombros y pecho amplio, su fuerza tenía una calidad diferente. Era una fuerza nervuda, nudosa, la que atribuimos a los hombres flacos y enjutos […]. Era la clase de fuerza que solemos asociar a lo primitivo, con las fieras salvajes y nuestros arquetipos trepadores; un atroz, indómito vigor que vive por sí mismo, la esencia de la vida en cuanto a potencia motriz, la materia elemental en la que han sido moldeadas por distintas manifestaciones de la vida; en una palabra, lo que se contorsiona en el cuerpo de la serpiente decapitada, cuando la serpiente como tal está muerta, o lo que persiste en un pedazo informe de carne de tortuga que se estremece y rebulle al tocarla con el dedo” Pág. 24.
Vamos pues a comentar esa filosofía desglosando los personajes principales. Lobo Larsen es el capitán del Ghost, goleta en la que tiene lugar tres cuartos de la acción, y como carta de presentación Jack London trae a un tipo metido en una pelea a muerte con su segundo oficial. Hay una cosa que el autor sabe hacer muy bien, y es que precisamente sabe jugar con las primeras impresiones del lector como un maestro. Yo ya me imaginaba por donde iban a ir los tiros hasta que Lobo Larsen decide sacar a la luz su aspecto intelectual. ¿Pero cómo puede ser un hombre culto si hace unas páginas había matado a puñetazo limpio a un hombre demostrando al mismo tiempo su superioridad sobre el resto de la tripulación apelando a los instintos animales? Y London lo vuelve a hacer, es decir, nos convence de que dentro de la violencia primordial que habita en ese hombre hay una sensibilidad incuestionable. Pero más incuestionable e impresionante es que Jack London presenta un personaje potencial en menos de cincuenta páginas, repito en menos de cincuenta páginas.
Lobo Larsen es desde ya uno de mis personajes favoritos de la literatura por muchas razones personales, y la principal es que es más interesante de conocer que muchos seres humanos tangibles de este siglo. Pero es que Lobo Larsen, además de ser más auténtico que muchas criaturas humanas, es un condenado como yo, y su condena es la misma que la mía: ser Lobo Larsen y no querer cesar de ser ese hombre que él mismo está construyendo, ese hombre que es frialdad y pasión al mismo tiempo. Lobo es el Calibán de Shakespeare, o el diablo de Milton, que ha formado su personalidad mediante un método autodidacta sirviéndose de sus experiencias y lo que éstas le han aportado unidas a los textos de Darwin, Haeckel, La Mettrie, Tennyson, De Quincey, Proctor y muchos otros más. Puede dar la impresión de que London critica los riesgos y consecuencias de que una persona se eduque a si mismo, pero todo es cuestión de perspectiva, y yo disiento airosamente de que London ponga de conclusión las consecuencias negativas del método autodidacta, porque él mismo fue uno de nosotros.
Sólo por un capricho te mantengo a bordo de este barco donde la inmundicia medra. Y pienso retenerte. En mi mano está que te vayas a pique o te abras camino. Quizás mueras hoy, esta semana o el mes que viene. Podría matarte ahora mismo de un puñetazo, porque eres un miserable enquencle. Pero si somos inmortales, ¿para qué? Si fuese cierto que somos inmortales, no habríamos llevado una vida tan abyecta. Y a pesar de todo, ¿qué significa todo esto? ¿Por qué te retengo aquí?" Pág. 49.
El autor se muestra bastante objetivo con las acciones que llevan a cabo Larsen y Humphrey, si bien es cierto que a veces esa objetividad se inclina a meter cizaña en las faltas mientras recuerda al lector que tanto Larsen, que niega que la moral sea un concepto inherente a él, como Humphrey, con esa tendencia de reducir todo a justicia o derecho, no dejan de ser personas en cuyo carácter residen cualidades que podríamos calificar de notables en menor o mayor grado.
Humphrey es el que representa al hombre que ha logrado adquirir finalmente la cualidad de independencia sin servirse del dinero o de segundos, y ello trae cierto tipo de consecuencias muy concretas. El personaje acaba conociendo de cerca el abismo de los vicios, aspiraciones y excesos de los marineros con los que ha convivido Lobo Larsen toda su vida. En Humphrey hay una evolución muy excelsa, que él mismo reconoce en diversas ocasiones, mientras que en Larsen no hay evolución de ningún tipo. Su carácter mantiene una continuidad desde el principio hasta el final de la novela, pero lo que resulta interesante es cómo London va descubriendo al personaje, y es irónico que sea el idealista en el cual se operen cambios significativos mientras que el materialista permanezca en sus trece. Eso es lo realmente nos lleva a cuestionarnos a los lectores avezados porqué Larsen resulta un personaje tan interesante a pesar de que su pensamiento siga una línea invariablemente materialista siempre. La respuesta para mi es que, además de que jamás se avista una conducta errática en él, es un hombre fascinante, maduro, hecho y derecho. Observando su biblioteca personal nos cercioramos de que ha llegado al más alto grado de evolución, es decir, que es imposible que él mejore más sus cualidades como individuo. Como podréis presuponer por la época de London, sí, este está jugando con ese súperhombre que Nietzsche había dejado patente en sus papeles, y sí, Lobo Larsen es la proyección de dicho concepto. ¿Y esto repercute negativamente para el lector? Pues la verdad es que a mi parecer hace la novela aún mejor. Es tremendamente difícil plasmar parte de una doctrina filosófica sin que quede un panfleto de la misma. Hay que entender muy bien la raíz de una idea para llegar a hacer un personaje complejo cuyas conductas reflejen dicha doctrina sin hacer una parodia. London deja patente en El lobo de mar que sabe de lo que habla, el ideal del hombre moderno creado por Nietzsche lo personifica mediante Lobo Larsen, mientras que Humphrey representa el hombre clásico, el caballero bonachón idealista, que defiende las causas justas y las acciones llevadas por la necesidad de imponer el bien sobre el mal.
Eres como el rabihorcado que desde las alturas se lanza sobre los incautos para quitarles su pesca. Perteneces a esa multitud de hombres que han creado lo que ellos llaman un gobierno, que sojuzgar a sus semejantes, y que se alimentan con lo que otros obtienen del esfuerzo y también querrían disfrutar[...]. ¿En qué pararía tu jactanciosa inmortalidad si tu vida se convirtiera en un estorbo para mí?” Página. 48.
El interés amoroso y todo lo que repercute en la novela es lo que más fría me ha dejado. Yo considero la aparición de la dama innecesaria, en contraste sentí gran necesidad de que se tratara el tema del amor. London podría haber resuelto este conflicto entre protagonista (Larsen) y antagonista (Humphrey) quitando a Maud Brewstery  mostrando a Muerte Larsen, el cual a todos nos hubiera gustado conocer para descubrir más sobre la familia Larsen. Eso hubiese sido un buen hilo conductor, y no cincuenta páginas de Maud y Humphrey en una isla abandonada intentando sobrevivir a costa de las focas, que por cierto me encantaron esas páginas. No creo que sea incompatible mi deseo de quitar toda esa parte con que me haya parecido hermosa y profunda, pero comprended que yo le hubiese metido un buen tijeretazo para que los hermanos Larsen se hubiesen encontrado frente al lector, y no de boquilla. Seguramente si las circunstancias de London en 1904 hubieran sido diferentes...¡quién sabe! El triángulo amoroso que se establece con Maud no resulta cargante, pero sí idealizado, por lo que me fue bastante indiferente toda esta amalgama sentimentaloide que poco aportó a la trama superficialmente más que unas críticas bastante directas por parte de London a la falsa visión que ya se daba al amor en aquella época. Como he dicho, el tema del amor podría haberse tratado entre Larsen y Humphrey de una manera muy interesante, y no precisamente estoy hablando desde un punto de vista romántico. Hay una escena en la que Larsen está desnudo y Humphrey siente algo cercano a fascinación física por el capitán, y es que ni yo hago descripciones tan bellas en mis momentos de mayor debilidad con mi caballero victoriano. Por eso digo, London, estés donde estés, yo quiero que en algún sueño me vuelvas a contar esa parte de El lobo de mar como debería haber sido. Si McCullers lo llega a saber...
A veces también me gustaría estar ciego a las realidades de la vida y conocer tan sólo sus fantasías e ilusiones. Son falsas, por supuesto que son falsas, y contrarias a la razón; pero la razón me dice que, por falsas que sean, soñar y vivir fantasías siempre proporciona más placer. Al fin y al cabo, el placer es el jornal de la vida. Vivir sin placer es un acto inútil [Hola Epicuro, ¿qué tal?]. El trabajo de vivir sin ninguna retribución es peor que la muerte. El que más goza vive más, y sus sueños y fantasías son más gratificantes para ustedes que los hechos para mi […] Les envidio con la cabeza pero no con el corazón. Mi razón hace que les envidie. La envidia es un producto intelectual, y yo soy como el hombre sobrio apesadumbrado que ve unos borrachos y también quisiera estar borracho” Pág. 169. 
Por último, y no me gusta hablar de estas banalidades, pero viendo la cantidad de prejuicios que hay hacia El lobo de mar (al menos en el sector inglés) voy a informaros que la novela tiene un ritmo regular, y el lenguaje marítimo no resulta muy difícil de seguir. Os puedo asegurar que tras leer la novela sabréis como poner un buque al pairo sin problemas. Sumado a esto, confieso que el estilo de London no me ha parecido ni muy enarbolado ni sencillo al nivel de Teo va al parque, por lo que creo que es una novela ideal para iniciarse en el mundo de los clásicos, a ver si así cuando voy a la biblioteca no los tienen en el depósito y no tengo que mediar palabra con el bibliotecario de turno. 
Poco más puedo decir sobre El lobo de mar más que yo la considero una excelente novela con la que empezar a leer al autor. Jack London ha superado todas mis expectativas, y en el futuro me encantaría traeros reseña de La llamada de lo salvaje, El vagabundo de las estrellas y Colmillo blanco (entre otras). Me parece que este año leeré todo lo más importante de London, a ver si puedo encontrar en sus personajes un poco de mi querido Lobo Larsen y de mi en ellos. ¡Y por cierto! Lobo Larsen no tiene barba ni bigote, así que señoras...láncense a por este placer estético que tan arraigado se encuentra en la literatura de aventuras.
En algún rincón de aquella tumba de carne habitaba aún el alma del hombre” Pág. 261.
Nos vemos 💜. 

domingo, 26 de febrero de 2017

Fronterizas #1: Por esas mujeres del western

Aunque muchos ya conozcáis esta anécdota, no está mal ponerse un tanto melancólica para presentar una sección que me tiene bastante emocionada. El western ha sido un género que me ha acompañado a lo largo de mi corta existencia, especialmente durante la niñez. Recuerdo un día en casa de mis abuelos, yo no tendría más de seis años, me aburría de ver la televisión con mi abuela en el salón así que decidí ir a la habitación donde mi abuelo tenía puesto otro canal. Con esa curiosidad típica de los primeros años de vida, me puse a ver con él la película de tarde del Oeste que retransmitían por esa cadena llamada Canal Nou, ya largamente desaparecida. No sé con certeza si la película que vi era de un director menor o si era de uno de los grandes cineastas del western como lo son John Ford, Howard Hawks, Sergio Leone, Don Siegel o incluso el vástago de estos dos últimos, Clint Eastwood, pero sí que recuerdo que en ese momento fui feliz porque había descubierto algo nuevo que, además, me atraía mucho. Tampoco sé si esa fue realmente mi primera y humilde incursión en el género, pero es un recuerdo al que le tengo muchísimo cariño, y el principal causante de que ahora escriba esta entrada.
Las razones de que tardara más de doce años en hacer una incursión propiamente dicha en el western fueron en parte al desconocimiento general y a que a mi alrededor no hubiese gente adulta a la que le gustara minimamente el tema. Mi abuelo paterno había dejado la semilla plantada, pero no había nadie que la quisiera regar. Cuando quise empezar a hacer las cosas bien sentí que había varias generaciones por encima de la mía que no estaban dispuestas a dejar que entrara, y decidí apartarme, es decir, hice lo que se esperaba de una persona nacida a finales de los noventa. Pero hace un par de años dejé de pensar que hacía algo malo al desear conocer cosas que no son de mi generación. Cesé de cuestionándome si el que me gustara algo era correcto o no porque una persona que tenía diez, veinte o treinta años más que yo se creyera con el santo derecho de decidir qué me debía gustar porque, según ella, era «suya» por antigüedad
Convencida de que siempre va a haber un selecto grupo de seres humanos afincados a un tema o idea que creerá que por el simple hecho de haber tenido acceso antes a ella son más dignos de esta y más aptos que tú para hablar sobre ella por el supuesto «derecho por antigüedad», empecé a hacer las cosas a mi manera. Poco a poco, he visto más western ayudada tan sólo por mi intuición, así hasta tener una pequeña pero sólida base para hablar del género con un mínimo propiedad, que es lo que voy a hacer ahora mismo. Así que, ¡empecemos!
El primer metraje del que voy a hablar es Stagecoach (1939) dirigida por John Ford, y llamada La Diligencia en España. La historia, bastante sencilla en apariencia, trata sobre un grupo de hombres y mujeres con historias y destinos muy diferentes entre si, pero todos comparten un objetivo común: llegar a una ciudad en cuyos alrededores se esconden indios apaches armando trifurca, deseosos de sangre.
Stagecoach es bastante importante en la historia del western por diversas razones. La primera, y para mi la más importante, es que sacó al western de la marginalidad y del falso ocaso en el que los críticos habían colocado al género. El públicobueno, no nos engañemos, las productoras tenían la última palabra—se percató de que el western era una veta de oro todavía sin explotar visualmente. Y aunque Ford no fuera el primer director western es a él a quien le debemos esa carga de dinamita inesperada con la que abrieron cineastas posteriores la cueva del oro, y los cuales pudieron llenar el buche toda su larga existencia gracias a Ford con las traslaciones a la gran pantalla de historias ambientadas en aquellas tierras inhóspitas de los Estados Unidos de mediados del siglo XIX, donde la anarquía y la libertad reinaban por igual. La segunda razón de peso para considerar Stagecoach una producción relevante es que fue aquí donde realmente se inició la trayectoria de John Wayne como una mítica figura para los estadounidenses.
Para mi Stagecoach no solo es una obra de arte, también es una pieza de indiscutible calidad más por las actuaciones que por la historia en sí. El mérito se lo lleva principalmente Claire Trevor, que se mete en el papel de una prostituta obligada a marcharse de una población. Lo que más me gustó de la historia fue el enfoque que da Ford a la prostitución, y en cómo los hombres juzgan esta, o debería decir en cómo no la juzgan. He visto varias películas del director y coincido en la opinión de que en sus historias siempre está presente un espíritu tolerante y progresista. John Wayne tampoco se queda atrás en Stagecoach, es un actor del que he podido disfrutar en diversas ocasiones, incluso fuera del género, pero he de decir que suelo tener sentimientos encontrados con él. Tal vez se deba a la rudeza con la que a veces interactua con el resto de personajes, la dureza que plasma en todas sus acciones o la rigidez que siempre veo presente en sus expresiones faciales, que sólo van desde la ira de un demonio ocioso a la sonrisa más falsa que un billete de siete euros. No lo sé la verdad, pero en esta película me fascinó el papel que interpreta y las sensaciones que sugiere desde el principio hasta el final del film.
Ejecutivamente creo que es un producto óptimo observado desde 1939 y 2017. La escena de la carrera desenfrenada entre la diligencia y los indios tiene un nivel de tensión visual impresionante, se adueña del espectador desde el primer segundo. 
Por último, y como dato curioso, os comento que en la versión original hablan alguna que otra vez en español con los mexicanos.  La escena de una mujer india cantando una melodía folclórica en español encoje el corazón.
Westward the Women (1951) es dirigida William A. Wellman, del cual os hablaré con más detenimiento en el tercer Fronterizas. En esta ocasión trae un film intenso al mismo tiempo que amable en el sentido relativo a la sencillez— que hará las delicias del  neófito y del aficionado/a al western al que se le ha escapado esta pequeña joya. En los cincuenta ya empezaban a verse pequeños resquicios de decadencia en el género, no obstante yo considero esta película una de las mejores del cine del oeste. Westward the Women explora un aspecto necesario: la valentía de un grupo de pioneras a la recerca de un futuro más digno que su presente.
Y precisamente esta es la línea argumentativa base de Caravana de Mujeres. Un grupo de crías y viudas parte en 1851 hacia un asentamiento al otro lado de Estados Unidos para desposarse con vaqueros que solo han visto en reproducciones, pero con la firme promesa de que alcanzarán una existencia más digna que en el Este y en el Sur. El camino hasta los hombres no será fácil, no solo tendrán que enfrentarse a la carencia de recursos sino que también deberán imponerse a los hombres que las guían hacia la «tierra prometida».
Al contrario que Stagecoach, esta película destaca más por la historia que por sus personajes y actuaciones. Para empezar no fui con la idea de encontrar una película feminista. Si esperáis en el western clásico hallar feminismo acabaréis francamente decepcionados. Lo que esperaba de la historia eran vivencias duras, mujeres curtidas por el trabajo diario pero siempre con el ánimo templado para soñar, amar y ser, en definitiva, personas que han sobrevivido a un desierto, dignas de respeto y admiración por parte de todos nosotros. Y no nos olvidemos de que esto sucedió de verdad, lo que sin duda es decisivo para la implicación emocional del espectador.
Me interesaba mucho el tratamiento del director en las relaciones humanas, especialmente en ese grupo de vaqueros que acompañan a las pioneras. Y ya digo, aquí hay de todo: miserables, pedantes, decentes...que la historia se encarga de ponerlos a cada uno en su lugar. También es lógico que haya una evolución marcada en las protagonistas de la película, que se hace más patente en las más jóvenes. En contraposición con la evolución de los personajes, hay un aspecto que no me gustó demasiado, y es que el protagonista masculino, un vaquero reservado a la par de amargado, emplea la violencia de forma un tanto gratuita porque es incapaz de aceptar que una pionera de origen francés le agrada. Si hubieran eliminado ese aspecto, que sinceramente no aporta nada, hubiese dado como resultado una relación muy bonita. El poso tóxico le resta varios puntos a la historia, pero como el romance es secundario tampoco es que halla que darle mayor importancia. Igualmente es justo y conveniente señalarlo. 
Las diversas escenas en el metraje relacionadas con la supervivencia de estas mujeres y vaqueros son duras de afrontar. En cierta medida recuerdan la delgada linea que hay entre la muerte y la vida en esta época, expuestos a cualquier drama y una existencia en la que tampoco mediaba tanta distancia entre la basada en los instintos animales y la que calificamos falsamente como civilizada. 
Concluyendo, Caravana de Mujeres es una película de obligado visionado si queréis saber exactamente los valores por los cuales partieron las primeras pioneras del Oeste.
Johnny Guitar (1954) es otra de las razones por las que decidí abrir el Fronterizas. Cuando acabé esta obra magna del western por primera vez dije: «¿y por qué no hablas de la película, Omaira?» Sentí que hacía algo mal al de desearlo por las razones expuestas más arriba. Entonces la vi por segunda vez, por tercera, por cuarta...hasta cerciorarme de si realmente valía la pena exponerse, y madre de dios que si que lo vale. Pero volvemos a lo mismo que con Westward the Women respecto al feminismo, esto no es una película feminista ni de lejos. Lo que sí hay en este caso son trazas feministas en el personaje femenino principal, encarnada por la encantadora y preciosa Joan Crawford.
La historia cuenta cómo una familia cacique ante la inminente llegada del tren a su población planea expulsar con los métodos más viles e inmorales a la mujer poderosa del pueblo, ya que resulta una amenaza financiera ante la afluente economía que traerá consigo la llegada del ferrocarril. Esta mujer es Vienna, la dueña de un humilde saloon de juego, la que a su vez pretende construir una población al margen de la mugre de que amenaza diariamente con echarla a patadas de la tierra donde erigió su hogar muchos años atrás. Pero lo que no saben estos miserables es que antes de que la cuelguen de cualquier árbol por negarse a agachar la cabeza Vienna tiene un as bajo la manga, y lo va a utilizar.
Comencé la película sin muchas ansias esperando verla de fondo mientras realizaba ejercicios de dibujo, pero solo bastaron un par de minutos con Joan Crawford presidiendo el villorrio para arrinconar el lápiz y el papel y ver el metraje como se merecía, degustando cada escena como si Johnny Guitar fuera la última película que viera en vida. Hay escasas películas, ya sean modernas como clásicas, que consigan captar mi atención de esa manera. Para que os hagáis una idea dos grandes películas como lo son para mi El Padrino Pulp Fiction ni de lejos consiguieron retenerme con la misma fuerza que Johnny Guitar. Hay algo en la atmósfera de esta película y en las actuaciones, e incluso en la historia, que me lleva siempre a abstraerme del mundo. De pronto es como si estuviera en el norte de los Estados Unidos metida de un lío de narices. 
Ya sabéis o intuiréis que me encantan las películas, series y novelas con atmósferas bien cerradas. Experimento de una forma muy cercana la sensación que no hay nada más allá del mundo recreado por el director o autor. Cualquier problema o sentimiento que no vengan al caso es indiferente. Son estas historias las que logran hacerme sentir que si dejo de nadar un rato a contracorriente, no deberé sentirme mal conmigo misma cuando retome la tarea. Habré aprendido algo de este mundo, y entonces el esfuerzo de empezar a nadar de nuevo habrá valido la pena.
Pocas veréis en vuestras vidas veréis una actuación que pueda igualarse a la de Crawford en Johnny Guitar. En cualquier secuencia es exactamente lo que su personaje promete ser: una mujer sensual, cínica, terca, a veces violenta y otras melancólica, sin llegar a recrearse en sus penas. No baja el listón en ningún segundo del metraje, tal vez lo sube más alto de lo que el espectador podría haber imaginado. Sterling Hayden, que hace del maravilloso Johnny Guitar, también está impecable en esta película. No personifica el ideal de hombre del oeste en la línea de John Wayne, anda despreocupado y pasivo por la vida, un excéntrico errante que no busca nada más que diversión a costa de los demás. Reinventa de una manera sobresaliente y original el arquetipo de vaquero que lo ha perdido todo y necesita recuperarlo a toda costa, y a diferencia de lo que viene siendo lo normal en el género no cae en ningún momento de la película en la violencia suscitada por la venganza. La afinidad entre Crawford y Hayden como pareja es palpable, y su relación en la película es hermosísima. Forman un dueto muy memorable.
No esperéis una historia innovadora, pero si tened en cuenta que la inversión de los roles de género hace que el espectador pueda reflexionar más de una vez el papel de la mujer en estos tiempos. Si buscáis una buena película la encontraréis en Johnny Guitar, y como sé que tras finalizarla buscaréis producciones similares ya os adelanto que no existen; Johnny Guitar es irrepetible.
¡Y hasta aquí este primer Fronterizas! Como no quiero agobiaros con mucho contenido intentaré hacer dos Fronterizas separados por breves periodos de tiempo, a veces mensuales. Pero quería empezar recordando y recomendando algunas películas con fuerte presencia femenina porque es un aspecto que siempre he visto descuidarse en este género y que veo necesario revindicar. En el siguiente Fronterizas comentaré las grandes y menores películas del oeste de uno de mis hombres favoritos del siglo XX, Clint Eastwood, que aunque tenga barba es mi amor platónico ya no secreto. También quería confesaros que no voy a poner en esta sección todas las películas western que vea. Hay algunas que pienso que pueden no interesaros demasiado y tampoco es que ofrezcan un contenido interesante que comentar y recomendar, y más si hay barbas de por medio.
Nos vemos💜.